Miradas de Reportero 

Rogelio Hernández López 

Deseabas hallar alguna reunión de gente diversa que comprendiera cabalmente las dificultades de ser periodista en México. Fue esa necesidad, cruzada con curiosidad reporteril, la que te llevó el viernes 13 de diciembre a la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Periodismo, el de a deveras. 

Escéptico, calculabas que sobrarí­an liturgia y lucimientos personales fatuos como en toda ceremonia formal. Pero al cabo de casi 2 horas, estabas sumergido en la mí­stica de aprecio generalizado al periodismo que –casi puedes asegurar– la aumentó esa vasta presencia y animosidad de mujeres con altí­sima profesionalidad, como nunca habí­as visto reunida entre periodistas. 

Ya compartí­as la emotividad cuando, te sacudiste como toda la asistencia, cuando el reportero de El Debate premiado por entrevista, David Arturo Ortega, cedió su tiempo de hablar a Marí­a Eugenia Marí­a Herrera, esa madre sinaloense que, con micrófono en mano, otra vez requirió al Presidente que cumpla su palabra de encontrar a tantos hijos desaparecidos y también suplicó que los buenos periodistas sigan ayudando a los que necesitan ser escuchados. 

El ambiente de calidez que comenzó a prender desde las 200 sillas que colocaron para recibir a los premiados, sus familias e invitados. Desde antes del inicio ya deambulaban decenas de mujeres profesionistas, vinculadas o ejercitadas en el quehacer periodí­stico. Mirabas curioso al sillerí­o cuando te atajó Gabriela Vélez, esa conocedora de nuestro idioma y estupenda correctora de estilo que conociste en asambleas de periodistas inconformes y que llegó con su fraternidad para ofrecerla a sus excolegas de La Jornada. Igual, te asombró encontrar allí­ a la abogada Perla Gómez, ex presidente de la Comisión de derechos humanos de la Ciudad de México y hasta le saludaste de mano con una sonrisilla. Te agradó ver a Gabriela Warketin (invitada como maestra de ceremonias) porque sabí­as que se expresarí­a, como siempre, con precisión y firmeza, pero más te gustó que retadora, como es, optara por llevar un saco rosa mexicano (o quizá fiusha, como dicen ellas) que contrastó con la vestimenta oscura de los doce integrantes del Consejo Ciudadano del premio, incluidas sus cuatro mujeres que si respetaron la liturgia y así­ presidieron toda la ceremonia. 

Fue de apreciar la brevedad y concisión del primer discurso, más que lo haya dado la doctora Marí­a Teresa de Jesús Arroyo, presidenta del jurado. Datos y mensajes bien colocados: ”Excelencia entre los 1,136 trabajos postulados…. Al jurado le llevó más de 20 horas de análisis y discusión… Reconocemos dí­as difí­ciles, nada alentadores para el periodismo por la inseguridad y los bajos salarios. Sigo pugnando porque se considere al periodismo una profesión y no un oficio… ¿Hasta cuándo el gobierno federal reaccionará? … Lejos de apoyar descalifica a los periodistas … Reconocemos a las universidades asociadas porque a pesar de sus problemas financieros decidieron que no desaparezca este premio…. Es necesario, más cuando nos están matando y nos maltratan…» 

Creí­ste percibir la singular empatí­a que este mensaje inicial levantó especialmente entre las otras cinco mujeres del jurado (representan el 37.5 por ciento), todas con alta calificación académica: Crystiam Estrada Sánchez, doctora en 

Estudios Transversales de Comunicación y Cultura; Elvira Hernández, doctora en comunicación por la UNAM; Lizy Navarro, doctora en Ciencias de la Información; Guadalupe Carrillo ex reportera egresada de la Universidad de Colima y Rosalí­a Orozco con maestrí­a por la Universidad de Guadalajara. Empatí­a porque este aí±o también tienen que defender al periodismo y la credibilidad de este premio. 

Esos retos los conocen ellas y los demás porque en 2017 el Consejo y el jurado del Premio Nacional de Periodismo debieron aclarar públicamente que este nombre solo lo puede usar el Consejo Ciudadano formado originalmente por algunas universidades públicas y privadas sin injerencia gubernamental. Fue por la retahí­la de agresiones que recibió y respondió igual Esteban Arce, el conductor de un noticiero chacotero en televisa cuando se le entregó uno de los 76 ”premios nacionales» que ese aí±o concedió el Club de Periodistas de México. Recuerdas también que las cámaras de diputados y senadores anualmente regalan ”reconocimientos por trayectoria» a periodistas sólo porque están en su fuente o se los recomiendan, que otras dependencias del sector público y más de 15 gobiernos estatales hacen lo mismo y les llaman premios, aunque no respeten un método, ni rigor en las postulaciones y menos en las calificaciones. Les ganan las tentaciones polí­ticas de premiar y castigar. Eso tiene que cambiar. 

En esa atmósfera te habrí­a gustado que esta vez hubiera más premios nacionales para mujeres porque sabes que en casi todas las redacciones ellas ya son mayorí­a. Pero igual ya sabí­as que este jurado si es riguroso para evaluar cada trabajo, que no regalan los premios. De los ocho géneros premiados Galia Garcí­a del medio Así­ como Suena obtuvo el de Reportaje y Soraida Gallegos de El Paí­s Edición América, recibió mención honorí­fica en este género, Paola Marí­n del Pulso Diario de San Luis compartió mención honorí­fica en crónica. Si hubo más mujeres en el premio Divulgación de la Ciencia que fue al trabajo colectivo de chavos del Laboratorio de Periodismo de Ciencia de la UNAM. 

Tení­as ganas de que alguien compartiera contigo el razonamiento que se te fue clavando en los 40 aí±os de reportero en tantos medios: que las mujeres tienen que enfrentar muchas más dificultades por esta cultura social machista, que se acentúa en el ambiente del periodismo, pero eso lo interpretó bien la Warketin cuando anunció que por esta vez serí­an entregados dos reconocimientos por trayectoria, por excelencia en el trabajo y por los esfuerzos adicionales que debieron hacer en su tiempo la fotoreportera Elsa Medina y la cronista Cristina Romo, mejor conocida como Cristina Pacheco. Cuando cada una de ellas se puso al frente, la mí­stica de la ceremonia se desparramó porque primero fueron las mujeres del público quienes se pusieron de pí­e y fueron seguidas en sus aplausos, bravos y vivas. 

Del sacudimiento general miraste hasta lágrimas cuando Cristina Pacheco cerró: ”Mi alegrí­a no es sólo por el premio, es por esta compaí±í­a… el periodista tiene que enredarse con la vida». 

Fueron apenas dos horas de una tarde.

Graciela Machuca

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