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Crónicas de Isla Mujeres: Doña Aurelia Nájera Sobreviviente del cocal y la salina

En la sección Mujeres por el 6 agosto 2018 a las 8:07 pm
Parte I de II
Una laboriosa mujer…
Tiene 90 años de edad esta singular isleña, que luce en plenitud de facultades a pesar de haber llevado una vida de trabajo muy rudo e intenso para sacar adelante a sus hijos.
Doña Aurelia, como le llamamos coloquialmente, nació el 2 de octubre de 1926 y fueron sus padres Marcial Nájera García y Petronila Povedano Martínez, nativos también de la ínsula. De sus abuelos recuerda que por la línea paterna fueron Santiago Nájera y Santos García. Respecto a los maternos menciona a Carlos Povedano y a Candelaria Martínez.
Sobre sus hermanos cita los nombres de: Adelaida, Santiago, Benigno, Fidencio y José. Comenta que sólo Adelaida y ella sobreviven. De pronto, esta mujer que parece saberlo todo, interrumpe la secuencia de la entrevista para poner cara de asombro al decirme:
¿Sabes que como era costumbre en esos tiempos mis papás primero se escaparon y luego se casaron? Es que así era. Los novios pasaban la noche en el cocal y al otro día los casaban y asunto arreglado.” -sentencia y añade: ¿Y sabes que a mi abuelo Carlos se lo llevó El Mal? Cuando lo encontró la gente allá por Playa Norte ya las jaibas le habían sacado un ojo.” -narra emocionada.
Doña Aurelia, por su avanzada edad, es de las pocas personas que recuerda que la familia Nájera vivía hace 80 años donde hoy está la Armada de México. Escritos de esos lejanos años refieren que “los Nájera” vivían virtualmente separados del resto de la población de Isla Mujeres con la que poco se mezclaban. Se cita al “Barrio de los Nájera” ubicándolo donde está ahora la V Región Naval, como expresé líneas arriba. Esto fue allá por 1930.
“Los Nájera estábamos muy unidos. Vivíamos ciertamente juntos y resolviendo entre todos los problemas cotidianos que se presentan en toda familia, pero allá por 1931 en que la Armada decidió construir una base naval nos obligaron a cambiarnos a la parte alta, donde vivimos muchos años, hasta que mi tía Nelly le remató el terreno que era de todos a Manuel Ravell Rosado en sólo 75 pesos.” -lamenta.
Luego, acorde con su jovial carácter y su idiosincrasia isleña, habla de los músicos que el apellido Nájera ha aportado a Isla Mujeres, muchos de ellos olvidados hoy. Cuenta que:
“En la familia teníamos todo un conjunto musical. Estaban Ceferino, Félix, Ventura, Encarnación, que igual te tocaban un violín que una guitarra, un acordeón o percusiones. Bueno, había también mujeres, como mi abuela Santos que te ponía a bailar tocando su filarmónica. Y uno de los detalles que nos caracterizaban a los Nájera es que para tocar nos vestíamos muy bien.” -presume con legítimo orgullo.
En lo personal recuerdo que todavía en los años 80 del siglo pasado, cuando facilitaba yo a los músicos de ese tiempo un espacio para que ensayaran, uno de los que acudían sin faltar era Félix Nájera, quien llegaba siempre “entacuchado”, dejándonos el mensaje de que para él, la ejecución musical era merecedora de mucha solemnidad y respeto.
La cuestión es que por ser parte de una familia de músicos, bailar resultó uno de los principales entretenimientos de Doña Aurelia en su niñez, sin menoscabo de que se divertían también “playando” los objetos útiles que el mar arrojara a las costas de la isla.
“Claro que a pesar de nuestras limitaciones como sencillos pescadores contamos con algunos juguetes. La diferencia es que nunca supimos de uno que fuese comprado. A mí me gustaban tanto las muñecas que gracias a las varias ‘abuelitas’ que tuve aprendí a hacerlas de trapo.” -cuenta.
Cuando le pregunto de dónde sacó varias abuelitas me dice que ella a todas las señoras mayores las vio siempre como a sus abuelitas y menciona algunas enseguida:
“Las que más me ayudaron de niña, incluyendo a mis abuelitas de sangre fueron: Doña Set Díaz que vestía de huipil como buena fundadora del pueblo que era. Luego recuerdo a Doña Candita, Dorot, Santos y Dominga. A ver si más al rato vienen a mi mente otros nombres.” -ofrece.
Cuenta que a los 8 años de edad una tía se la llevó a Progreso, Yucatán, y que cuando regresó tenía ya 17 años de edad, por lo que era una muchacha casadera:
“Traje muchas alhajas que me regalaban por mis dotes de bailarina pero aquí las perdí porque un pariente me las robó, y como la maldad se paga el ratero tuvo un final muy triste” -recuerda
Poco tiempo después de regresar a la isla se casó con el holboxeño Pedro Coral Luna con el que procreó 11 hijos, siendo cinco mujeres que responden a los nombres de: Dulce, Elsa, Santos, Concepción, y Josefa, y seis varones bautizados como: Armando, Pedro, Santiago, Cirilo, Martín y Elmer. Aclara que los dos mencionados de último ya fallecieron y continúa relatando que:
“Luego de casarnos vino la responsabilidad de crecer a la chamacada, porque cuando empezaron a llegar lo hicieron muy seguido. Ya sabes que antes se tenían los hijos que Dios quisiera. Así se decía y así se hacía. Entonces fui como la sombra de mi marido pues trabajábamos hombro con hombro, ya sea en el cocal, pescando, haciendo milpa, carbón, cal, o sacando sal.”
Muestra como prueba fehaciente de aquellos años difíciles su lacerada piel, con cicatrices sobrepuestas, porque donde hubo una llaga cayó después el machete o la coa por accidente. Debo reconocer que muy pocas mujeres he visto tan curtidas en el trabajo rudo como Doña Aurelia, que aprendió hasta albañilería, al grado que gran parte de su casa ella misma “le echó mezcla y pegó bloques”, hasta verla concluida.
“Y no creas que terminado el día parábamos. Luego de asearnos las mujeres nos ocupábamos de hacer bordados, así como adornos y tejidos de cintas multicolores para vender. Hacíamos también mechas (pabilos), para velas o para quinqués, torciendo algodón hasta convertirlo en un hilo grueso y resistente.
La arena era tan blanca que las noches de luna llena eran muy claras, tanto que podías enhebrar las agujas sin necesidad de otra luz. Mientras nosotras cosíamos los hombres reparaban sus redes o fumaban y jugaban naipes sentados en plena calle.” -recuerda.
Al escucharla hablar de la isla de hace 80 años no puede uno evitar hacer alguna odiosa comparación entre aquella vida tranquila, de pobreza pero muy feliz, que vivieron los isleños de ese tiempo…y el frenesí con el que sobrevivimos hoy.
Debo despedirme de Doña Aurelia Nájera para atender otros compromisos, pero como le he prometido volveré. Mientras me instalo en la moto, ella desde su humilde puerta me sigue contando pasajes de una historia que amenaza con perderse en el tiempo.

Colaboración de Fidel Villanueva Madrid.
Cronista Vitalicio de Isla Mujeres.
Mail: ixcheel@prodigy.net.mx
Febrero de 2017.-

En unos días subo la parte II
Recuerdos de isla mujeres!

 

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