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Corresponsalías en sitios desconocidos

En la sección Política por el 8 agosto 2018 a las 9:50 am

Carlos Barrachina
En el año 2009 leí de Pablo Pardo, corresponsal de El País en México, una crónica absurda sobre los hechos que pasaban en Honduras. Lo habían mandado de bateador emergente a cubrir el golpe de Estado y no tenía la más remota idea de lo que estaba comentando.
Un poco pudiera quedarme esa sensación en el momento de recapitular mi observación sobre la situación política catalana. Teniendo en cuenta, sin embargo, que tengo una fotografía muy clara del desgaste político que ha llevado esta situación, y que soy un conocedor especializado de la historia de Catalunya.
1. En las calles no se observa un cambio radical en la forma de comportarse, ni de manejar el idioma catalán o castellano de los ciudadanos que llevan o toda su vida o más de veinte años en Catalunya.
2. Sí es notable en todos los espacios públicos, en supermercados, en el tren, en el metro, en las calles, en los autobuses y en los edificios de departamentos, una presencia multicultural de una oleada migratoria que no existía a finales del siglo XX.
3. Me soprende la utilización partidaria de los recursos y espacios públicos para que estas “autoridades” definan políticamente su posición con la instalación de banderas independentistas, con carteles reclamando la libertad de los políticos catalanes que se encuentran en prisión preventiva. Todavía es más penoso que paguen carteles de identificación oficial que pongan en la entrada de los pueblos algo así como “Municipio de la República de Catalunya”.
4. Es lamentable la falta de diálogo y la tensión que generan políticos catalanes y españoles, que se limitan, como siempre, a utilizar políticamente a los catalanes. Lo único que les interesa a unos es la estabilidad parlamentaria en Madrid, y a otros la del Parque de la Ciudadela en Barcelona. ¡¡Qué falta de responsabilidad la de unos y otros!!
5. ¿Cómo se gestiona una situación en la que se debe respetar la voluntad de una sociedad dividida prácticamente en un 50%? ¿Cómo se busca la convivencia con una clase política que únicamente busca sus intereses y que utiliza los sentimientos, los complejos, y las pasiones de los ciudadanos?
6. Me cuentan que muchos de los catalanes que hablan cotidianademente castellano apoyan el proceso independentista. Curiosamente muchos de ellos viven en las zonas en donde se han instalado más migrantes y en donde éstos tienen problemas de adaptación. ¿Responde el independentismo también a un fenómeno racista, como el que se está presentando en el resto de Europa?
7. Muchos catalano parlantes, de toda la vida, como se les identifica desde hace años, están hartos de esta situación, retiran sus empresas y enfatizan la mediocridad de los líderes políticos de Catalunya y de España.

La situación me genera mucha tristeza. La clase política lleva más de treinta años llevando a que este situación se genere. En la España del “buen rollo” y de lo “políticamente correcto”, se fomenta el odio y la exclusión. Los políticos son mediocres y las ideas escasean, en un contexto en el que estigmatiza al que piensa diferente.
¿Esta es la “democracia” que reclaman los que excluyen y discriminan a los que no piensan como ellos? ¿Cuando se van a tratar temas importantes como la gestión pública, la corrupción de los servidores públicos y la integración efectiva de los migrantes?
Por supuesto algo que lleva tantos años larvándose no se va a arreglar en poco tiempo, pero yo invitaría a que la dirección política siguiera ese camino. Los racismos fomentados por la derecha, la izquierda y los movimientos nacionalistas (españolistas y catalanistas) , forman parte del mismo juego mediocre del que no puede salir nada bueno.
Quizás, después de tantos años fuera e Catalunya me faltan datos e informaciones, y alguno me podría acusar de caer en el mismo error de Pardo en el caso hondureño. Unos pocos días observando quizás no son suficientes. Lo que no se me puede señalar es que no conozco el contexto histórico y social de este pueblo … tampoco el hecho de conocer en sus entrañas la mediocridad de una clase política que en general es tremendamente oportunista, y en muchos casos fundamentalista y racista.

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