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Periodismo robot

En la sección Libertad de Expresión y Periodismo por el 15 agosto 2015 a las 7:00 am

Juan Villoro
Grupo Reforma

Los periodistas eléctricos ya están entre nosotros. En marzo de 2014 Los Angeles Times publicó una nota escrita por una computadora. La palabra “robot”, creada por el escritor checo Karel Capek para alertar contra la deshumanización, se ha convertido en su contrario: el apodo cariñoso con que humanizamos a las máquinas.

Los reportajes cibernéticos son creados por programas, pero como esto es muy abstracto, hablamos de “robots” para hacer más agradable su presencia. En vez de concebir un artificio binario que produce notas, imaginamos a un androide que teclea ante la pantalla y usa baterías adicionales para seguir despierto hasta la madrugada. En el vértigo de la era digital, el robot es una versión costumbrista de la técnica, la mascota del hombre.

¿Qué tipo de prosa escriben los ciberreporteros? El programador Ken Schwencke ideó un sistema informativo para responder a las variaciones de la corteza terrestre. Esta versión narrativa del sismógrafo permite comunicar los datos fundamentales de un terremoto.

El periodismo automatizado comenzó del siguiente modo: “Este lunes en la mañana ocurrió un terremoto de magnitud 4.7 a ocho kilómetros de Westwood, California, según el Centro Geográfico de los Estados Unidos (GGEU). El temblor ocurrió a las 06:25 horas estándar del Pacífico, a una profundidad de ocho kilómetros. Según el GGEU, el epicentro se encontró a 9.65 kilómetros de Beverly Hills, California”. Más adelante, el robot añade una estadística que pone el suceso en perspectiva: “En los últimos diez años no ha habido terremotos de magnitud 3.0 o superior en las cercanías”.

Los escritores mecánicos no se distinguen mucho de redactores a los que se les exige sobriedad y concisión. Pero el sello distintivo de esta novedosa profesión es la rapidez de entrega; en dos minutos, la nota está lista, algo decisivo para la información “en línea”.

Carla Maeda ha descrito en la revista Zócalo los territorios que ya coloniza el periodismo robot. En noviembre de 2014 apareció Automated Insights, agencia consagrada a la generación automática de noticias. Según su director, Robbie Allen, las notas deportivas dependen en un 70 por ciento de las estadísticas. En consecuencia, resultan ideales para redactores que, al menos por el momento, rehúyen la subjetividad. El inmenso surtido de récords, lesiones, marcadores y tablas de posición se presta para engarzar las frases fácticas del periodismo digital.

Cada vez hay más sillas vacías en las redacciones. Los periódicos se vuelven más delgados y las notas más breves. Este oficio menguante se ve ahora amenazado por las máquinas. El reportaje sobre el terremoto de 4.7 grados provocó un auténtico tsunami en el medio. Lo importante no era lo que decía sino lo que anunciaba. Aunque estaba lejos de ser una pieza maestra del idioma, revelaba que los autómatas ya dominan la gramática. Si hacen eso, podrán apoderarse de otros recursos del idioma.

¿Llegará el día en que surja un Homero por computadora? La palabra “rapsoda” se refiere a “tejedor”, alguien que hila las historias. Los procesadores de noticias hacen exactamente eso; a partir de datos precisos, generan una urdimbre de palabras. Aún no hay programas que mejoren el texto con metáforas o adjetivos de lumbre, pero no se puede descartar que eso ocurra en el ignorado porvenir.

Los periodistas no podemos competir con los robots en rapidez, resistencia o tolerancia ante el mal carácter de los jefes. Por ahora les llevamos una ventaja: ellos son literales y nosotros aspiramos a ser literarios. Sin embargo, también esto puede cambiar.

Es posible que la supervivencia del periodismo humano dependa del dominio del error. En su legendario taller de cuento, Augusto Monterroso nos invitaba a desconfiar de la perfección. Cuando una prosa lucía demasiado correcta, señalaba: “Hay que mejorarla con un defecto para que parezca natural”. Una de las asignaturas más complejas del taller consistía en elegir la falla, apenas perceptible, que otorgaba espontaneidad a un texto. “Hay que fracasar mejor”, escribió Beckett, señalando que el arte vive de imperfecciones.

¿Será posible programar un robot para que se equivoque satisfactoriamente? Lo dudo. Si supiéramos a ciencia cierta qué equivocación puede darle vida a un párrafo, seríamos robots.

La incertidumbre es el precario privilegio de una especie que se emociona con el sonido del mar, cree en los números de la suerte y disfruta las sábanas recién cambiadas.

Prevaleceremos en la medida en que sepamos cometer buenos errores.

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