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La memoria histórica en la propuesta política

En la sección Diez Comunicación por el 23 julio 2012 a las 8:40 am


La memoria colectiva, al igual que la memoria  individual, no conserva el pasado de modo preciso; ella lo recobra o lo reconstruye sin cesar a partir del presente‖. Marc Bloch, 1925 ―Memoria colectiva, tradición y costumbre-.

Bárbara GARCÍA CHÁVEZ

No hay fórmulas mágicas ni acciones legales que verdaderamente transparenten una elección que, de forma y fondo, está ultrajada por los vicios políticos que se repiten o reciclan o tal vez solo son comportamientos que derivan de una forma de ser aprendida o incluso genética,  gravitando en torno de estos dos procesos centrales de la Independencia y de la Revolución Mexicana, que redundan en historia hegemónica desde hace más de un bicentenario.

La Independencia de México, desde una perspectiva histórica, fue un movimiento armado contra la dominación española que se había constituido  avasallando y sometiendo a las poblaciones indígenas prehispánicas; así lo refiere la memoria colectiva que alcanza grados inhóspitos de negación de lo español, para reivindicar y restituir en su verdadero lugar a nuestra matriz indígena, de la que de vez en cuando, en fechas y circunstancias especiales, nos sentimos parte.

Sin embargo, la Independencia no deja de ser un mito construido para reivindicar a los pueblos indígenas originarios de nuestro territorio y/o a las poblaciones mestizas; los sectores criollos de la antigua Nueva España marginaron las demandas de los sectores populares y rearticularon la antigua dependencia respecto de España, ampliándola con los años a una nueva dependencia más extensa respecto de varias economías europeas.

La Independencia políticamente ha servido para negar ese dominio español, aún cuando se siga privilegiando a las clases políticas, precisamente de ascendencia directa española como es Vicente Fox y en Oaxaca nuestros actuales gobernantes. Así, la lucha contra lo no mexicano ha resultado bastante imprecisa, es decir, se limita a que el poder político es de los habitantes de nuestro país, nacidos sobre el territorio nacional, aunque sus alianzas políticas y económicas se extiendan ahora más con el justificante globalizador.

El refrendo de la independencia que registra la historia como la Reforma Juarista, acota y determina la defensa del poder público del Estado frente a los poderes privados de la iglesia y el clero mexicanos. Tiempo histórico que la memoria colectiva prefiere olvidar o cuando menos ocultar, si se trata de reivindicar y defender el proceso de desamortización de los bienes del clero, que al acotar y disminuir significativamente el enorme poder económico de la Iglesia en México, permitió que el Estado limitara y controlara el poder de la Iglesia mexicana, reaccionaria y profundamente conservadora que además apoyó abiertamente las intervenciones extranjeras que padecimos a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX.

Este poder fáctico, que aliado hasta hoy con las causas políticas de derecha e izquierda, más dañino por su imposición desde las conciencias, que permea al Estado, lo envuelve, lo manipula, se aprovecha de su concupiscencia, oponiéndose sistemáticamente a los cambios sociales progresistas y a las demandas populares; que pugna desvergonzadamente por la recuperación de los espacios públicos, sociales y culturales perdidos durante los últimos ciento cincuenta años. Ya lo vimos, el Estado laico esta explícitamente en peligro, ningún partido político lo ha defendido como eje motriz de un Estado soberano e independiente, aún cuando se desgarren las vestiduras.

La Revolución Mexicana decretó en los hechos, a fin de cuentas, la permanencia de una clase en principio militar “revolucionaria” que atacó hasta la muerte a los verdaderos revolucionarios –los Flores Magón, Zapata y Villa-, por supuesto estorbosos para la burguesía revolucionaria que prefirió adoptar el modelo de la modernidad del siglo XX, un modelo hegemónico en el mundo occidental, el  modelo norteamericano tecnocrático y consumista: American way of life.

El Cardenismo, que reivindica la vena agrarista revolucionaria y la glorificada expropiación petrolera, símbolo de soberanía que repudia el intervencionismo extranjero y abandera las causas de una izquierda, que hoy protagónica, se dice neocardenista y se ha olvidado del proyecto de Lázaro Cárdenas de impulsar una educación socialista en México.

El movimiento estudiantil popular de 1968, conservado en la memoria popular de las clases subalternas de México, rechazado y hasta denostado por esa memoria hegemónica dominante, que resultó años después incorporado y hasta deformado convenientemente,  tratando de reducirlo a la condición de un capítulo en la historia oficial que refiere un movimiento más por la democracia, minimizando la profundidad de una verdadera revolución cultural de grandes dimensiones y  consecuencias.

La cultura política vigente de todos los grupos y partidos de la izquierda, de alguna u otra manera, interpelan el papel del gobierno en turno debatiendo sus múltiples prácticas represivas, aludiendo al 68 y su detracción frente al capitalismo.

Los ejes político-económicos del movimiento del 68 han quedado acotados en el “2 de octubre no se olvida”, por la memoria colectiva tolerada e incluso promovida por la izquierda mexicana, que ahora ha sido rebasada por #yosoy132, que no es lo mismo ni es igual, pero evoca al 68 por su origen universitario.

La partidocracia, creada y fortalecida desde aquel autocrático episodio en que José López Portillo   “ganó” la elección presidencial siendo el único candidato inscrito en las boletas electorales, lo que en un afán por legitimarse y democratizar la política electoral, frente a un mundo que se vestía de color verde dólar e iniciaba un nuevo modelo denominado “neoliberalismo”, al que la clase política mexicana quería a toda costa pertenecer.

Partidos de izquierda, de derecha, nacionalistas y hasta uno sinarquista, que en ese momento no se le veía futuro. El PRI, entonces verdadero partido de estado se lograría legitimar jugando con los comunistas, que hasta entonces, se inscribirían en la legalidad oficial. La derecha conservó su lugar incólume desde el PAN y los otros partidos estarían destinados a ser satélites.

La hora de la alternancia llega en el 2000, el PAN se posiciona con su vieja versión clerical y conservadora de la derecha belicosa, hoy aún en el poder en nuestro país, intenta vestirse con nuevos trajes mostrando una historia pretendidamente más moderna y menos partidista, no hay memoria histórica, parece novedad, no reconocemos en el PAN aquello que fue la causa de las luchas, de las guerras, la historia hegemónica lo oculta, lo disfraza.

Ahora parece que la historia se desdibuja, los acontecimientos aparentan estar aislados, sin sujeción al pasado; el proceso electoral enjuicia y pone en tela de duda lo conocido, lo que sabemos se percibe desde posiciones subjetivas. En esa memoria histórica cada grupo, cada persona desgrana y selectivamente hace el recuento de lo que sabe, lo que le han dicho, lo que percibe que significa uno u otro, el ganador oficial o el ganador moral, tal vez son lo mismo, representen historias personales distintas, pero una sola memoria hegemónica: la del poder, que persiste en colocar a un poderoso como el legal y a otro poderoso como el legítimo. Serán ellos a fin de cuentas que ocuparán un lugar en la historia y aún no la escriben, aún no hay memoria.

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