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Editorial No61

En la sección Editorial por el 2 enero 2011 a las 8:09 am

Portada No61 Enero 2011

Vaya paradoja. Mientras una mujer, Isabel Miranda de Wallace, es con toda justicia reconocida por su lucha incansable, por su decisión inquebrantable de encontrar a los asesinos de su hijo, otra es cobardemente asesinada. Las dos víctimas de la injustica y de la impunidad. Las dos tuvieron que realizar la tarea que le tocaba al gobierno. La que tendrían que hacer autoridades y jueces, perseguir a los delincuentes y castigarlos por ello. Pero a Marisela Escobedo Ortiz además del dolor le tocó la muerte. Para que no quedara duda, la mataron enfrente del Palacio de Gobierno de Chihuahua. De cara a quienes tendrían que haber detenido al asesino de su hija. Ella no mereció ni galardones ni primeras planas. Si acaso una nota escondida. Su historia es como la de muchas madres. Su hija Rubí fue asesinada por su pareja y padre de su hija, una pequeña de tres años. Las autoridades dijeron que aparentemente el móvil habían sido los celos. Y como para muchos esta violencia es normal, no se llevaron a cabo las diligencias adecuadamente. Al contrario, se distinguieron por el menosprecio. Ya sabemos que en Chihuahua y, particularmente en Ciudad Juárez, la vida de una mujer no vale nada. Marisela es la que denunció, primero la desaparición de su hija, después su posible asesinato. Se convirtió en una activista a favor de la justicia. Pero una vez detenido, el asesino quedó libre. A pesar de que confesó. No obstante que señaló el lugar donde había dejado el cuerpo de su víctima. No importó. Lo absolvieron tres jueces (Catalina Ochoa, Netzahualcóyotl Zúñiga, Rafael Baudi) bajo el argumento de que no encontraron elementos suficientes (¿querían más evidencias?). Volvemos a lo mismo: la normalización de la violencia cuando se trata de una mujer. Una burla.
Marisela siguió luchando, pero su voz como la de muchas mujeres mexicanas no quiso ser escuchada. No importa que se trate de la violencia en su forma más extrema y misógina: el feminicidio. Marisela también fue víctima de la impunidad. Mientras ella llevaba dos años exigiendo justicia, mientras ubicaba al asesino para que lo reaprehendieran, mientras se manifestaba todo el tiempo (llegó incluso a realizar una caminata de Ciudad Juárez a la capital chihuahuense portando como única vestimenta una manta con su demanda), y sus palabras no encontraban eco, para otros la justicia sí llegó con cierta rapidez. El hombre que había matado a un sobrino del ahora gobernador durante su campaña fue encontrado en menos de cuatro meses y sentenciado en una semana. Bien para el joven asesinado y sus familiares, malo cuando sólo es para el influyente. Con valentía la madre de Rubí encaró a César Duarte con una manta en la que se leía: “Justicia: privilegio del gobernador. ¿Y para mi hija cuándo?”. El México de a deveras. El real. El jueves mientras protestaba acompañada de su familia le dispararon a la cabeza. Ella ahora está muerta. El asesino confeso libre. Los ministerios públicos encargados de integrar los expedientes y los jueces que lo liberaron también. Es la historia de más de 2 mil mujeres que han sido asesinadas, muchas de ellas por su pareja. Porque no se ha entendido que en esta violencia de género está en buena medida el origen de muchos de nuestros problemas. Porque no se ha asumido que combatirla debe ser prioridad en una política de Estado, corriente principal de cualquier estrategia que tenga que ver con la seguridad de todos y de todas. Mientras tanto otra vez el luto y el dolor. Mientras tanto sólo queda retomar la pregunta que Marisela muchas veces hizo a funcionarios encargados de procurar y ejercer la justicia: y si fuera tu hija ¿qué harías?

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